lunes, 16 de abril de 2012

El ejecutor de sentencias


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            Nació Juan Antonio Expósito en la depauperada Extremadura un 23 de febrero de 1944, y no vino al mundo con un pan bajo el brazo, frase que nadie sabe quien coño inventó, “seguro que fueron los curas”, decía su padre. Al contrario, supuso “una boca más que alimentar en la ya numerosa familia”, como también le oiría decir a su madre. Fue el cuarto hermano de los seis que finalmente nacerían, y que pudieron haber sido ocho si no se hubieran muerto en el parto los dos primeros.

Juan Antonio creció rápido, o al menos se espabiló en muy poco tiempo, pues los hermanos mayores le fueron adiestrando en la necesaria picaresca para sobrevivir en una familia tan numerosa como pobre. Su padre tenía tan variopinta como variada profesión, es decir, no tenía ninguna; lo mismo recogía aceitunas para el inquilino de la casa grande, como llamaban en el pueblo a la señorial residencia del más rico y también Alcalde; hacía carbón vegetal; segaba en la época de recolección; cortaba leña, o sembraba y trillaba garbanzos, y siempre para otros. No era vida, desde luego, pero él nunca quiso otra, tener un trabajo fijo, eso no iba con su carácter. Lo peor de todo, lo más desagradable y desgraciado, era que su padre dedicaba un cincuenta por ciento de los ingresos familiares –a veces más- para su endiablada costumbre de beber vino hasta la saciedad. Recuerda Juan Antonio, cómo su padre obtenía por un procedimiento rudimentario y casero uno o dos litros de aceite de un puñado de aceitunas, que solo Dios y él sabían de donde sacaba, y cómo le mandaba a la taberna a cambiarlo por unos cuartillos de vino; o cuantas veces llegaba a casa tambaleándose, dando voces y golpeando a todo el que pillaba por delante, hasta que su madre con resignación cristiana, como decía ella, lo metía en la cama.
            Su niñez fue como la de todos, pues a pesar de las circunstancias, y que algunos se empeñen en lo contrario, todas son iguales: felices e inocentes hasta que vas creciendo y descubriendo lo extraño y complicado de la vida. Juan Antonio de escuela poco, pues tampoco era esa la preocupación de su padre. Se pasaba más tiempo en la charca del pueblo pescando renacuajos, por los olivares cercanos buscando nidos de colorines, o jugando a los bolindres, que en su casa, que solo la pisaba al mediodía para comer lo que se podía y por la noche para dormir. Una de esas noches se oyó mucho jaleo y ajetreo en la habitación de sus padres. Por la mañana cuando se levantó vio a su madre que en una gran cazuela metía lo que parecían trapos en un líquido negro que echaba humo. Según le dijeron su padre se había ido al cielo, por lo que se tenían que vestir de negro, de luto. Más tarde, de más mayor, supo que a su padre le había traicionado el hígado.
            Desde entonces, desde que su padre murió, siempre le oía decir a su madre que tendrían que irse a vivir a Madrid, donde ya residía su tío, el hermano de su madre, porque allí había trabajo y se vivía mejor. Y así fue. En el viaje disfrutó mucho ya que nunca había montado en un tren. Fueron horas y horas de gran emoción, parando en cada una de las estaciones y apeaderos del trayecto, porque se trataba del tren que llamaban correo, que en todos esos puntos tenía que ir dejando y recogiendo la saca del servicio postal.  Se le hizo eterno pero muy emocionante. En la estación de Atocha, donde les esperaba su tío, tomaron un autobús que les llevó hasta un pueblo que llamaban Villaverde, después continuaron a pie, cruzaron una carretera y siguieron por un camino de tierra y en despoblado hasta llegar a una especie de pueblo, con las casas muy raras, pues no eran de piedra o adobe como las del suyo, sino de maderas desiguales y chapas, y otras de ladrillos “faldegados”, pero muy pequeñas. Además no había iglesia, como en su pueblo, que era grande, con una gran torre y varios nidos de cigüeña en su tejado.
            Se acomodaron en una de estas casas, que su tío les había conseguido, en pleno campo, en un sitio muy diferente a donde vivía antes, y si acaso peor pues ni siquiera tenía charca, por lo que no consiguió ver esa diferencia y ventajas de vivir en Madrid, tal como le había dicho su madre. Pero bueno, pudo seguir haciendo lo que más le gustaba, jugar con el barro y disfrutar de lo lindo correteando por el campo, ya que ambos abundaban en el entorno de su casa. Para Juan Antonio, a sus nueve años, se abriría un nuevo panorama en la capital de España.

           
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También por el mismo procedimiento, es decir, tras nueve meses aproximadamente de gestación y del vientre de una mujer, con la misma desnudez, semejante llanto e idéntico consentimiento, pues indefectiblemente siempre es igual se pertenezca a la clase social que se pertenezca, había nacido Francisco del Valle en la primavera de 1948, en un bonito pueblo de Andalucía. Su padre disfrutaba de un trabajo bien remunerado, era capataz de un cortijo muy importante, de un muy importante señorito. Trabajaba para dar y tomar, pero no se quejaba, todo lo contrario, pues le permitía holgadamente sacar a su familia adelante, e incluso tenía la esperanza de que su recién nacido hijo pudiera estudiar, algo que él no pudo hacer. Por eso prefirió que fuera a la escuela.
            Curro, como llamaban al pequeño Francisco para diferenciarlo de su padre que también se llamaba Francisco, al igual que su abuelo, se crió sano y fuerte, entre el campo y la escuela. Cuando tuvo edad para ello, es decir, cuando contaba con diez años de feliz vida, fue preparado por el cura párroco del pueblo para examinarse de ingreso, prueba obligatoria para comenzar el bachillerato y que Curro superaría sin dificultad alguna, algo que el padre agradeció profundamente al cura, pues aunque confiaba en la destreza de su hijo para aprender, también sabía que la ayuda del párroco había sido fundamental. Curro comenzó el bachillerato gracias a la beca que había obtenido de la Administración y que conservó hasta el final, hasta superar el curso de Preuniversitario que le capacitaba para acceder a la Universidad. Su padre estaba dispuesto a trabajar como un burro y a sacrificarse en lo que fuera para que su hijo estudiara lo que quisiera, y Curro quería hacer Derecho y en la Complutense de Madrid. Allá se marchó en el otoño de 1965, alojándose en una pensión para estudiantes que su padre financiaría religiosamente mes tras mes, matriculándose en la Facultad de Derecho. Para él también se abriría un nuevo mundo en Madrid.

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Mientras tanto ¿qué había pasado con Juan Antonio Expósito? Su madre había encontrado trabajo de inmediato cuando llegaron a Madrid, como limpiadora en una importante fábrica de componentes electrónicos, en horario de tarde-noche. Como quiera que la familia fuera tan numerosa, y a pesar de que el mayor de los hijos había encontrado trabajo, también se empleó por las mañanas, realizando tareas de limpieza en diferentes sitios. Juan Antonio, como se suele decir, se crió solo y rodeado de miseria y miserables. Pronto comenzó a delinquir. Al principio fueron pequeños hurtos en almacenes o tiendas de Villaverde. Su madre estaba contenta y agradecía las aportaciones que su hijo hacía para la familia, en el convencimiento de que era el producto honradamente ganado por pequeños trabajos, según le decía. Más tarde, en 1961, cuando ya contaba con diecisiete años, aquello fue en aumento y junto con otros colegas del barrio, consiguió una escopeta en un asalto a una vivienda. Convenientemente serrados los cañones y recortada la culata, tuvieron una magnífica “recortá” con la que se iniciaron en el asalto a gasolineras. En una ocasión desgraciadamente, no para ellos sino para el empleado de una estación de servicio, tuvo que emplear su recortá, lo que ocasionó al honrado trabajador un boquete en el pecho de diez centímetros, por el que rápidamente se le fue la vida. Y todo por cinco mil pesetas de botín. Juan Antonio y su banda comienzan a atracar entidades bancarias con la intención de conseguir mejores botines. Cuando un día entran en una sucursal de la Caja de Ahorros de Madrid, con la intención de atracarla, portando la recortá, un joven empleado al ver a Juan Antonio no puede reprimir su sorpresa y exclama: “¡Joder, Sito!”, al reconocer a Juan Antonio entre los asaltantes, a su amigo de la infancia, al que cariñosamente siempre llamó Sito.
            “¡Hostias Rafa!” Respondió Juan Antonio al ver que el empleado era su amigo de juegos y vecino del barrio. Rafael había intentado siempre que Juan Antonio no siguiera por ese camino, pero sin conseguirlo. Él ahora, sin embargo, tiene un buen trabajo, se ha casado y va a ser padre. Claro ejemplo de que las condiciones de vida no influyen igual a todos los seres humanos.
            “¡Este hijo puta te ha reconocido!” Dijo “El Gamba”, compañero de fechoría, que sin pensarlo dos veces dispara contra Rafa al que acierta de lleno en el pecho. Rafael muere en el acto. Esto supuso una seria discusión entre Sito y el Gamba, que se solventó previa la amenaza de el Gamba de que le mataría a él también si no aceptaba que eso eran gajes del oficio. Fue cuestión de tiempo para que sucediera lo inevitable, y Juan Antonio fue a dar con sus huesos en la cárcel de Carabanchel.
Juan Antonio Expósito, tras su ingreso en prisión en 1963, fue juzgado y condenado por un atraco a un estanco de Villaverde. No pudieron probarle más delitos, por lo que la condena sólo fue de siete años. Desde el principio lo llevó francamente mal, acostumbrado como estaba a vivir con total libertad desde su más tierna infancia. Por eso desde el primer momento decidió comportarse lo mejor posible, por lo que pronto se convirtió en preso de confianza, condición que le llevó al economato del centro penitenciario, con lo que pudo vivir más relajadamente.


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            Cuando Francisco del Valle se trasladó a Madrid para iniciar la carrera de Derecho, efectivamente se abrió para él un nuevo mundo. Alguien le abrió los ojos del espíritu. Los grupos más activos y comprometidos que pululaban por las facultades le hicieron ver lo injusto de la vida, de cómo su padre tenía que estar sirviendo a un terrateniente y cómo le explotaba. Tradicionalmente el estudiante ha manifestado una actitud crítica, quizás por esa soberbia que a algunos les da el conocimiento sobre la ignorancia, y auspiciado siempre por las buenas intenciones de los intelectuales de cada época. En las vacaciones, cuando Francisco pasaba unos días allá en Andalucía con sus padres, les explicaba a éstos todas esas cosas que estaba aprendiendo en Madrid. Su padre de carácter serio y muy trabajador, se disgustaba: “Hijo, yo trabajo más para que tú puedas estudiar en Madrid, y lo que yo deseo es que termines la carrera y seas un buen abogado. Después ya te dedicarás a salvar el mundo si quieres, desde tu puesto de abogado” Intentaba razonarle su padre, que sufría pensando en que su hijo pudiera meterse en líos innecesarios que acarrearan la desgracia a la familia. “Yo estoy muy contento con mi trabajo – le decía – y cada día nos va mejor a la familia”.
            Pero las teorías que comenzó a leer con avidez, y las reuniones a las que asiduamente comenzó a asistir, hicieron que Francisco cada día se comprometiera más en su lucha contra el sistema establecido. Comenzó a visitar el extrarradio de Madrid, y de la mano de algunos diplomados, entre los que destacaba algún sacerdote, conoció la miseria de ciertos barrios. Su  noble condición le hizo tomar conciencia y una postura beligerante en defensa de los oprimidos, lo que le llevó en 1967 a la cárcel de Carabanchel donde pasó un año. Esta vivencia para nada le hizo desistir en sus planteamientos, sino todo lo contrario. El padre de Francisco nada volvió a saber de su hijo desde que abandonó la cárcel, por lo que intuyó lo peor de sus temores. Efectivamente “Guevara”, nombre de guerra con el que se había bautizado Francisco, ya formaba parte de un grupo activista y había pasado a la clandestinidad, lo que exige romper todo contacto con el entorno.
            Francisco estaba decidido a dar la vida, si fuera necesario, para salvar a los oprimidos, a los ciudadanos que malviven en el inframundo de los alrededores de Madrid. Lo que no podía imaginar Francisco en esos días, lo que jamás hubiera supuesto, es que uno de esos seres a los que él defendía con ahínco, sería el encargado de cobrarse lo que él estaba decidido a ofrecer generosamente.

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En 1967, poco antes de que Juan Antonio saliera en libertad condicional le sucedió algo que cambiaría su vida. Cierto día Juan Díaz, un funcionario con el que había congeniado, le hizo una proposición que le dejó más que sorprendido. Según le dijo Juan, en la Audiencia Territorial de Madrid se iba a quedar libre la plaza de ejecutor de sentencias, al quedarse vacante el puesto por jubilación de su titular. El único requisito era ser mayor de 21 años y menor de 50, y se le ofrecía un sueldo de funcionario y la posibilidad de acceder a una vivienda del Estado.
            Esa noche Juan Antonio tardó en conciliar el sueño pensando en la proposición que se le había hecho. ¿Sería él capaz de ejercer de verdugo? ¿Y por qué no? Ya se había atrevido a apretar el gatillo en una ocasión. Claro, no era lo mismo. Se despertó con el mismo pensamiento, y en los días sucesivos olvidó esta cuestión. Nada había decidido al respecto cuando abandonó la prisión.
            De vuelta al barrio procuró recuperar el tiempo perdido, y se dedicó a pasar el mayor rato posible con María, joven a la que había conocido en un baile popular y por la que enseguida se sintió atraído. Intentó buscar un trabajo, lo que fue difícil ya que nada sabía hacer. Sin embargo se resistía a caer en los mismos hábitos que le habían llevado a la cárcel, lugar que estaba decidido a no volver a visitar, al menos como inquilino. Además incluso había pensado en casarse con María. 
            Pasados cuatro meses desde que Juan Antonio saliera de la cárcel su situación no había mejorado, María se había quedado embarazada y él no conseguía un trabajo estable. En esa situación recordó la propuesta que le hizo en los últimos días de preso el funcionario Juan Díaz referente al puesto de verdugo, pero nada le dijo a su novia, ¿qué pensaría ella?, y aunque creyó que quizás ya estaría ocupado, decidió visitar la cárcel de Carabanchel. Allí se entrevistó con Juan Díaz, que le recibió con los brazos abiertos y le tranquilizó diciéndole que hacía una semana que se había convocado la plaza, por lo que aún estaba a tiempo de solicitarla. Este le redactó la instancia y le sufragó la póliza de dos pesetas que diligentemente adhirió a la misma. Juan Antonio se marchó con cierto desasosiego, pero convencido de que había hecho lo apropiado.
En los días siguientes Juan Antonio se consolaba pensando en lo que le había dicho el funcionario; que en caso de ser admitido, se le asignaría en principio el puesto de ayudante, y que estuviera tranquilo puesto que las condenas a muerte eran cada vez menos frecuentes y quizás pasaran años sin que tuviera que trabajar. A Juan Antonio le reconfortaba la idea de que podían pasar años sin tener que ejercer, mientras tanto podía mejorar su situación y renunciar a la plaza. Su novia María había encontrado un trabajo que unido a los esporádicos que él realizaba les dio suficiente como para poder casarse.
En el mes de enero de 1968 recibió una citación judicial para que se personara en los juzgados de Villaverde. Las piernas le temblaron y se le vinieron a la cabeza los días pasados en la cárcel. Cuando se personó en el Juzgado el funcionario le preguntó: ¿Usted había solicitado la plaza de verdugo? Juan Antonio balbuceó un “sí” casi inaudible, y el funcionario continuó: “Pues se tiene que presentar lo antes posible en la Audiencia territorial de Madrid”.  En el mes de febrero cobró sus primeras 4.000 pesetas de sueldo y más adelante se le facilitó una vivienda del Ministerio.
Finalizó 1968 y Juan Antonio cada vez se sentía más contento con la decisión tomada. Eso sí, siempre estaba pendiente de los periódicos y las noticias de sucesos. Y así transcurrió su vida, cobrando religiosamente su sueldo de funcionario ejecutor de sentencias, llegando casi a olvidarse en que consistía su trabajo, y confiando en la suerte de no tener que ejecutar ninguna, puesto que desde 1966 en que fue ejecutado el último condenado a muerte, ninguna más se había llevado a cabo. Llegó a olvidar, mientras tanto, la idea de dejar el cargo, limitándose a vivir.
Esta relativa tranquilidad se vio alterada cuando a finales del mes de febrero de 1974 recibió notificación de que se trasladara a Barcelona, donde debía asistir como ayudante a la ejecución prevista para el 2 de marzo del joven Salvador Puig, militante anarquista condenado a la última pena y acusado de haber matado al joven inspector de policía Francisco Anguas Barragán en septiembre de 1973. Juan Antonio tuvo su primera experiencia, a pesar de que fue el verdugo titular de Barcelona el encargado de dar los tres cuartos de vuelta que precisa el garrote vil para cumplir su nefasta misión. Regresó  tranquilo a Madrid con las 200 pesetas de gratificación. Tampoco le había impresionado tanto, y no obstante confiaba en la suerte de que no le tocara a él ser el protagonista de la próxima ejecución. Pensaba que habiendo verdugos más experimentados, como el de Barcelona, sería éste también el encargado de ejecutar la próxima sentencia, si es que se producía.

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En el mes de mayo de 1974 una nota de la Dirección General de Seguridad daba cuenta de la “detención de un individuo vinculado a una organización clandestina de extrema izquierda”. Según la nota “este grupo era el encargado de proveer de fondos a la organización, a través de los atracos a entidades bancarias, que ellos denominaban requisas”. El detenido era Francisco del Valle, de 26 años de edad, y que ya contaba con antecedentes. En uno de estos atracos realizado en 1973 se había producido un tiroteo con los policías que habían acudido a la alarma dada por el cajero de la sucursal y en el que falleció un agente.
Curro, que abandonó definitivamente la Universidad en 1968, tras su salida de la cárcel, se había dedicado de lleno a los ideales que él consideraba justos, y fue poco a poco involucrándose más y más en acciones tan audaces como arriesgadas. Siempre defendió su inocencia en los hechos que se le imputaron, en la muerte del policía, si bien reconoció ser el conductor del vehículo con el que se dieron a la fuga. No obstante fue considerado culpable como coautor del homicidio y condenado finalmente a la última pena.
En marzo de 1975 Juan Antonio Expósito, cuando ya había olvidado lo sucedido en Barcelona, recibió una nueva notificación. En esta ocasión se le pedía que se personara en la Audiencia Territorial de Madrid, sin más explicaciones. Algo le dijo que esta no era como la anterior, y también un escalofrío le recorrió las tripas. El funcionario que le recibió en la Audiencia le entregó un papel de oficio en el que se le comunicaba que el día 1 de abril debía presentarse en la prisión de Carabanchel. Ese día madrugó más de lo acostumbrado y al llegar a la cárcel un funcionario le acompañó hasta el despacho del Director. Allí le esperaba éste en compañía de otra persona de avanzada edad, que según le dijo el Director era el ejecutor jubilado que ocupara anteriormente su plaza. En un lúgubre cuarto-almacén su antecesor le descubrió el fatal instrumento, el garrote, que se encontraba cubierto con una lona de color verde. Ambos dedicaron parte de la mañana a engrasar la infernal maquinaria y a resolver todas las dudas que sobre su manejo planteó Juan Antonio. El viejo verdugo le tranquilizó diciéndole: “no te sientas culpable, piensa que no tienes responsabilidad alguna, puesto que tú solo has de ejecutar las sentencias que los jueces imponen. De ellos es la responsabilidad. Eres un eslabón más en la cadena judicial. Tampoco te tiene que preocupar el sufrimiento del condenado, puesto que es instantáneo. Quizás lo peor sean las horas anteriores, cuando está en capilla, pero tú no tienes nada que ver con esos momentos. Tú solo asegúrate de que el giro sea rápido, tal como te he enseñado”. Juan Antonio asentía con la cabeza, pero no dejaba de manifestar cierto nerviosismo, ante lo que el viejo le seguía diciendo: “No te preocupes, las primeras veces te costará, pero ya te acostumbrarás, yo he “despachao” a más de veinte y duermo como un lirón”
De esto nada le dijo a su esposa. Era un asunto del que nunca se había hablado en casa y así debía seguir siendo. Aún así ella detectó cierto nerviosismo, pero nada preguntó. Juan Antonio durante esos días leyó con avidez la prensa, y llegó así a enterarse del por qué de la condena y de la identidad del condenado, pero su nombre nada le dijo. A los pocos días un agente judicial le trajo un oficio en el que se le ordenaba que el día diez de abril a las siete de la mañana debía estar en la prisión de Carabanchel. Fue puntual como nunca, y veinte minutos antes de las siete se encontraba en un bar próximo a la prisión donde, prácticamente de cuatro tragos, tomó dos copas de aguardiente. A las siete, ya en la cárcel, dos funcionarios le acompañaron hasta el cuarto-almacén que ya conocía. Con parsimonia y ligero temblor de piernas descubrió el garrote ante la atenta mirada de los funcionarios, mientras comentaba en voz muy baja: “bueno, es mi trabajo, y a lo hecho pecho”. Los funcionarios le habían advertido que poco antes de las siete y media el condenado sería conducido hasta allí para dar cumplimiento a la sentencia.
Diez minutos antes de la hora fijada para la ejecución hacía su aparición la comitiva y Juan Antonio quedó paralizado, sintiendo un sudor frío y una fuerte presión en las sienes, exclamando entre dientes ¡Hostia, si es Guevara! De pronto le vinieron a la mente las últimas jornadas de su estancia en la prisión de Carabanchel, allá por 1967. En esos días había conocido a Francisco del Valle, pero por el nombre de Guevara, y con el que había hablado en múltiples ocasiones, pues aunque Guevara estaba separado del resto de los reclusos por su condición de preso político, su puesto en el economato así se lo permitió. Francisco había sido una de las personas que más influyeron para que dejara su vida de delincuente. Francisco, al que él conocía como Guevara, le había insistido para que en todo caso pasara a formar parte de su organización, dándole explicaciones que él, la verdad, no entendía muy bien. Pero le llegó a tener gran estima y a considerarlo una buena persona. Ahora lo tenía allí delante, con el rostro desencajado y más pálido que la luna, mientras él permanecía literalmente escondido tras el garrote.
Francisco fue sentado por los funcionarios en la infernal maquinaria. A Juan Antonio no le respondían las piernas y aún así estuvo a punto de echar a correr. Pero ¿qué pasaría si lo hacía?, seguramente le procesarían a él también. Ya no había marcha atrás, era su trabajo, el que él había elegido voluntariamente, y ahora era un funcionario, un ejecutor de sentencias, un verdugo al que no le quedaba más remedio que realizar su función.  Estaba absorto en sus pensamientos, parecía ausente y como si aquello no fuera con él, por lo que fue necesario una mirada inquisitorial y un gesto con la cabeza del Director de la prisión para que le sacaran de su ensimismamiento, y Sito reaccionó. Desde atrás, sin dar la cara, colocó el hierro circular sobre el cuello de Francisco, ajustó tornillos y tuercas, tomó con sus manos la palanca, quizás con más fuerza de la necesaria,  y se dijo para sí: “Lo siento”.
Todos los presentes vieron cómo el verdugo cerraba los ojos mientras accionaba la palanca, y también todos pensaron que era algo lógico por la gran responsabilidad que para él suponía, olvidando así, cada cual, la suya propia. Se escuchó un sordo chasquido y un prolongado gorjeo de la garganta de Francisco dejando paralizado a Juan Antonio, que casi no tuvo fuerzas para dar un cuarto de vuelta más. Sito cubrió la cabeza del ajusticiado con un trapo negro y salió de la sala como alma que lleva el diablo, mientras el médico asistente certificaba la muerte del reo.
¿Dónde está el verdugo? No ha cobrado la gratificación. Decía y preguntaba un funcionario de administración a sus compañeros. El centinela de la puerta dijo que había salido hacía ya rato, con paso rápido y que ni siquiera saludó.
A las once de la mañana un ciudadano que paseaba por un descampado de Villaverde dio aviso a la Policía. De un árbol colgaba un hombre con una soga al cuello y a sus pies había una nota que decía: “Hay hombres buenos y hombres malos, y de ambos los puede haber desgraciados. Juan Antonio Expósito, Ejecutor de Sentencias”.

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