De las imágenes
mucho se puede decir. Las imágenes se almacenan, amontonan o recopilan en
nuestro privilegiado cerebro. Van formando un estar al corriente de lo que nos
rodea. Para mí mi pueblo son imágenes, que como retratos describen la época del
año, la estación o tiempo. También el año al que corresponde.
El nido de la
Curujá, en el suelo, aparentemente desprotegido, me recuerda el tiempo lejano
de la recolección, y más concretamente de las eras, con sus trillos, sus botijos…y el picor de la paja adosada al
cuerpo. Qué ilusión, sin embargo, corretear por el pajar mientras con las horcas
o layas los adultos introducían la paja
en el pajar a través del ventanuco que se abría desde y a la calle.
Y cuando aún
veo hoy alguna manta de esas antiguas, que más que abrigar pesaban como un
lastre, recuerdo aquellas noches durmiendo a la intemperie, junto a la parva, con el achicharramiento oportuno
a la pronta salida del Sol en agosto.
La imagen de
las puertas y ventanas, sin colorido alguno, con su tonalidad de madera, y sin
embargo tan bien conservadas (entonces), es un icono a conservar, a archivar
para generaciones futuras.
Mi pueblo son
imágenes, son vivencias y escarmientos.


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